THE SET-UP (es castellano titulada “NADIE PUEDE VENCERME”) es una pequeña joya realizada por Robert Wise en 1949, y con el protagonismo de un brillante Robert Ryan en la piel de un boxeador de tercera categoría y con 35 años en su castigado rostro, un viejo para esto del pugilismo. El film tiene una duración de 72 minutos, pero que le sirve perfectamente a Wise para retratar, en tiempo real, como Bill “Stocker” Thompson (Ryan), deja a su esposa (Audrey Totter) en el hotel que está enfrente del lugar donde se celebran un buen número de peleas, se prepara para su combate en un infesto vestuario junto a otros boxeadores, contarnos como se amaña su pelea entre su pérfido representante y un matón local, la pelea en si misma (cuatro asaltos de unos cuatro minutos cada uno), retratar al público asistente y finalizar todo esto con un final dramático pero que es, a la vez, una puerta a la esperanza de un futuro no glorioso, pero si más humano, no para el fracasado púgil, pero si para la persona.
Rodado con un blanco y negro de aquellos implacables (la ambientación del patio de butacas se puede cortar con un hacha), un ritmo acertado, unas actuaciones cojonudas y, lo mejor, un trabajo de cámara y de montaje realmente fascinante. En las escenas que suceden en el vestuario, Wise opta por planos generales, sin casi mover la cámara, para que todos podamos ver toda la amplia variedad de personajes que, aunque no tengan una presencia grande en el film, son retratados de forma precisa. Y, por el contrario, en las escenas del combate, Wise opta por mover la cámara de forma constante, mostrando primeros planos de los rostros de los combatientes y de lo se dicen, y también se beneficia de un montaje que, según se dice por ahí, Scorsese tomo prestado para las escenas de los combates que están presentes en “TORO SALVAJE”. Y exactamente hace lo mismo para mostrarnos, de forma telegráfica pero certera, como son y cómo se comporta el público que ve el combate (público que, en muchos casos, se comporta igual a como lo hacían los romanos en los espectáculos de gladiadores).
En suma, un film pequeño y modesto, pero lleno de virtudes y que tiene muchos elementos que lo hace muy recomendable, sobre todo a los amantes del cine de boxeo, el género negro o, qué diantres, el cine en general.
Y, como viene siendo costumbre últimamente, difiero mucho de bueno de Chanclas. “UN AMOUR DE JEUNESSE” me pareció un film que, si bien a alguno le puede tocar la fibra emocional, cinematográficamente hablando me pareció absolutamente vulgar. No le encuentro ningún mérito a contar una historia así, como si fuera un trabajo de fin de carrera. No le veo ningún tipo de personalidad, ni de innovación, ni gracia ni misterio. La segunda parte del film (personalmente me resulta un poco más atractiva la primera parte, pero solo por el calor pasional de los dos personajes) me pareció larga, insulsa, llena de símbolos que se quedan descolgados y, lo peor, desemboca en algo así como el aprendizaje de una joven francesa a ser infiel y burguesa. Y, con todos los respetos, hacer que dos personajes, con todo lo que pasan, no cambien físicamente en 7 o 8 años, me parece un error de bulto (aunque, claro está, hasta uno se puede aferrar a que ellos permanecen así de jóvenes y lozanos porque su amor sigue intacto, vale). Te espero en la calle, querido Chanclas.