difícilmente veremos un momento más poderosamente cinematográfico este año que el desenlace de la historia de La Mujer Que Ríe.
Por cierto, Disperso, si te parece que "Alps" se pasa de absurda, vas a entrar en coma viendo la última de su guionista, "L", jaja
a lo que venía:
Antes de leer esta reseña, es importante ponerse en situación:
Jafar Panahi, alma, protagonista y corealizador de
“Esto no es una película”, está en su casa, cumpliendo una condena de seis años de arresto domiciliario, y veinte de inhabilitación para hacer películas, viajar al extranjero, o conceder entrevistas, por
“actuar contra la seguridad nacional, y hacer propaganda contra el régimen”. Por lo tanto, el film, realizado en un sólo dia del mes de marzo del 2011 (que sería el 19, ya que en la película se celebra el Nouruz -año nuevo iraní-, y el año pasado cayó en esa fecha), cuando Panahi estaba esperando el resultado a su apelación a la sentencia -confirmada por un tribunal de Teherán siete meses después-, es casi como contemplar a un hombre y su mundo.
Porque, poniéndonos poéticos (hasta pastelosos), su universo alcanza hasta donde lo lleve su mente y su imaginación, pero su mundo, por mucho tiempo, es y será el edificio en el que vive, dentro del cual la televisión (con un paralelismo algo grandilocuente cuando aparecen imágenes del tsunami de Japón, como enfrentando, cara a cara, una tragedia individual -que, por su significado social, es también colectiva-, y otra colectiva -e inmisericordemente individual-) y la posibilidad de navegar por una internet altamente censurada por el gobierno son las únicas ventanas por las que poder observar más allá de lo que le permitan sus ojos desde esta especie de ‘torre de márfil’ personal y contemporánea.
Y esta cinta es la historia de un narrador al que le han quitado la voz, que era su cámara, y no puede reprimir el impulso vital de intentar explicar una trama (
“tengo prohibido dirigir películas, no explicar historias”, reivindica en cierto momento) mediante los medios que se le permiten, ya sea contándola oralmente, ‘dibujándola’ sobre la alfombra, o hasta interpretándola él mismo. Todos intentos vanos que le llevan a refugiarse, gráficamente (pone el DVD de su excelente “El círculo”(2000) para explicar cómo reforzó narrativamente la angustia de la protagonista utilizando de contexto un estilo arquitectónico muy concreto), en sus recuerdos.
En ese punto, el film entra, durante algunos minutos, en una deriva de autocompasión que, pese a estar, sin duda alguna, justificada de sobras, es la peor parte del documento (y más teniendo en cuenta que vive en la octava planta -toda ella es el apartamento, inmenso- de un edificio de gente adinerada, incluso con empleados que suben a buscar la basura, por lo que cuesta verle como un a hombre en una situación extremadamente crítica).
Sin embargo, gracias a la mirada fílmica (esa escena en la que el dragón que tiene Panahi como mascota sube por su cuerpo mientras éste escribe en el ordenador, y posa su zarpa en el teclado, impidiéndole escribir; el hecho de filmar las conversaciones del director con sus vecinos en la puerta de la escalera de espaldas y sin salir del piso, manteniéndolo como única presencia humana tangible) del otro corealizador,
Mojtaba Mirtahmasb, y al feliz e imprevisible hallazgo que se produce en el tramo final de la cinta, cuando el instinto narrativo del condenado realizador emerge ante la historia potencial que se le planta delante, acabamos descubriendo que esto sí es una película. Y dolorosamente viva.
