"Moonrise Kingdom", de Wes Anderson: 15 de junio, estreno en España.
para entonces estará finalizando la
Mostra de Films de Dones (del 7 al 17 de junio), que pasará las aplaudidas, allende Iberia, "Attenberg" y "Sur la planche", así como la última cinta de Xiaolu Guo -realizadora de la justita "Ella, una joven china", veremos qué si va a más en ésta-, se recuperará un mediometraje de Naomi Kawase (que, creo recordar, pasaron en la Filmoteca hace un par o tres de años), "Golden eighties" de Chantal Akerman, y habrá un pase con cortos -uno de 1896! y los otros de 1913- y un mediometraje realizados por algunas de las primeras mujeres realizadoras.
http://www.dracmagic.cat/mostrafilmdone ... ra2012.pdf
y, hablando de féminas, la reseña de la última joya de Hansen-Love:
Precisión y rigurosidad. Dos preceptos cinematográficos imprescindibles para que una historia cotidiana transmita, valga la redundancia, cotidianidad, pero que, a su vez, necesitan ser, más por intuición y clarividencia que con técnica, hábilmente moldeados para que la emoción pueda filtrarse por las secuencias de la película de turno, y así sea reconocible la, paradójicamente, usualmente imperceptible, por discreta, singularidad de la vida, sin faltar a la verdad, o, al menos, a lo creíble.
En el caso de la espléndida
“Un amour de jeunesse”, las intenciones de su directora y guionista,
Mia Hansen-Love, podrían haber sido absorbidas por la linealidad plana en su vocación austera, o, como es más común, cómplices del ‘secuestro’ del tono de la cinta a manos de sentimientos exacerbados. La realizadora francesa, sin embargo, apuesta por una serenidad imperturbable (sin bajar la guardia ni en un momento verdaderamente extremo, que es mostrado sin truculencia, y queda como una escena más de la película) que no descuida los detalles nada insignificantes (ese gesto de Camille al llegar a casa con su ligue nocturno, encendiendo la luz del estante donde tiene las maquetas arquitectónicas), incluso con metáforas obvias que tienen fuerza por jugar con la ambivalencia (ese corte de pelo verbalizado mucho tiempo -argumental- antes como un deseo latente en la protagonista) o por su sencillez formal (el río).
Pero el film no sólo destaca por algo tan de cajón como tendría que ser saber explicar una historia utilizando también el lenguaje no verbal, sino que además sorprende con desarrollos narrativos poco habituales (tampoco en el ‘cine de autor’), como ser generosa en metraje y matices (dejando fluir su personalidad y contexto, y permitiendo que nos podamos familiarizar con él) con la tercera ‘punta’ en cuestión de este triángulo amoroso con un único vértice, o por su capacidad para adentrarse en el universo propio de la arquitectura, y captar aspectos entusiasmantes de ésta (y tampoco exentos de dobles lecturas, como el precepto académico, cuando Camille hace un uso emocional de la parte creativa de sus estudios, de que ha de prevalecer la utilidad sobre el arte), y, por extensión, convencernos, por propia experimentación, de que esta faceta vital logre aligerar, hasta lo inconsciente, el peso de los recuerdos de la protagonista.
Una película tan centrada en sus personajes necesita, evidentemente, buenas interpretaciones para funcionar, y aquí hay notables actuaciones de unos Sebastian Urzendowsky y Magne-Havard Brekke que asimilan perfectamente a sus personajes, mientras a Lola Créton sí se la ve un poco autómata en según que momentos (el gateo hasta Sullivan en la comida de reconciliación, y algunos detalles más).
Y, ahora ya sí, tras ver este su tercer largometraje, sólo queda decirle una cosa a Hansen-Love: felicidades por entrar en el club de los/as grandes cineastas del siglo XXI. Y esperar su cuarto trabajo.
