Con Zhang Yimou, Wayne Wang, y John Woo centrados en grandes superproducciones históricas, Ang Lee moviéndose con cierta soltura por Hollywood, Wong Kar-wai en su propio universo, Johnnie To aún con sus
‘gangsters’, Hou Hsiao-sien ‘desaparecido en combate’, y los ‘nuevas espadas’ (Chuan Lu, Xiaolu Guo) mostrando más interés por el pasado y/o el drama introvertido contemporáneo que por la historia reciente del país,
Jia Zhang-ke parece haber quedado cómo el único realizador chino con repercusión internacional (lo suficiente, al menos, para ganar un León de Oro a la mejor película en el festival de Venecia del 2006, y participar en Berlin y Cannes) que considera el fuerte estirón realizado en la pasada década por la progresiva expansión económica ‘mandarina’ tema suficientemente interesante y complejo como para reflejarlo desde diferentes ángulos en la gran pantalla.
En
“Historias de Shanghai”, a diferencia de lo que ha venido siendo norma en su filmografía, tanto de ficción (las galardonadas “The world”(2004) y “Naturaleza muerta”(2006) a la cabeza) como documental (con “24 city”(2008), sobre los recuerdos y experiencias de los trabajadores de una nave industrial china que se va a pique, como su trabajo más redondo), utiliza el presente básicamente como anclaje desde el que varios habitantes de la ciudad titular, uno de los motores industriales del país, rememoran vivencias personales (algunas de ellas sucedidas en los convulsos años en que Shanghai pasó a ser japonesa), si bien mantiene permanentemente su presencia a lo largo del metraje, y en su tramo final incluso centra el protagonismo de la cinta al aparecer nombres de relevancia actual (Yang Huaiding, exitoso
‘broker’ que acumula una fortuna gracias a sus acertadas inversiones, y que fue objeto de un reportaje por medios internacionales como Time magazine y Newsweek) y futura (Han Han, joven -20 años- y famoso escritor y piloto de coches).
El problema del documental, sin embargo, es, precisamente, su falta de cohesión, la confusa mezcla de personajes diversos y un buen porcentaje de trabajadores/as de la industria cinematográfica china (entre ellos, por cierto, el mencionado Hsiao-sien), que parecen seleccionados totalmente al azar, y, a su vez (en parte por ese porcentaje, que sí habría sido una buena premisa argumental: recuerdos de la gente del ‘mundo del cine’ a lo largo del tiempo), no transmiten la sensación de ser un muestrario global de los diferentes perfiles humanos de la ciudad.
En lo formal, Zhang-ke interviene poco (si bien hay un bonito juego visual al inicio, cuando continúa un plano filmado desde la ciudad hacia el mar con unas rejas de por medio, con otro filmado desde el mar hacia la ciudad sin que se divisen dichas rejas, como plasmando la diferencia de sensaciones entre el residente y el visitante), mientras en lo narrativo desarrolla, como escenas de separación entre personaje y personaje, una críptica y silente demabulación sin rumbo -y, literalmente, tiritando de frío- de una chica (¿la cámara?, ergo, ¿el punto de vista del realizador?) por la ciudad, empequeñecida entre la inmensidad de ésta.
Así pues, y en resumen, un film menor pero curioso (justamente titulado, a diferencia de su insulsa traducción al castellano, “I wish I knew” -”ojalá supiera”-) que probablemente funciona mejor como complemento a las anteriores cintas del cineasta que como experiencia iniciática en su obra.
